-Gracias por acompañarme hasta aquí, pero a partir de ahora debería seguir solo -me dijo Alex, cuando llegamos al parque donde se enzarzó con Ben en una pelea.
-¿Por qué? -dije-. ¿Dónde vives?
Alex parecía incómodo. Puso los ojos en blanco y se apoyó en el muro del parque, desviando la vista.
-Trabajo en un circo ambulante. Por éso... bueno, vivimos alejados del pueblo porque tenemos animales salvajes y tal. No queremos líos, y los animales tienen que descansar para los espectáculos, así que no podemos acercarnos demasiado al pueblo a riesgo de que el campamento se llene de miradas curiosas.
Le observé, sin dar crédito a mis oídos. ¿Un circo ambulante? ¿Qué clase de chico estaba frente a mí?
-Vaya... no me lo puedo creer.
-Ya. Normalmente la gente no me vuelve a hablar cuando se enteran del lugar donde trabajo y vivo. Bueno -se rió, nervioso-. De hecho llevo en el circo desde que nací.
-¿Por qué no te vuelven a hablar? Me parece algo realmente estúpido. Debe de ser una vida realmente emocionante... Uf, quisiera saberlo todo. Lo que daría por estar en tu lugar, y viajar por todo el mundo ofreciendo espectáculos y rodeada de gente tan rara como yo... -los dos nos reímos, incómodos.
-La vida en un circo es muy intensa. Pero te lo pasas bien... si te llevas bien con el director.
-¿Cómo llegaste al circo? -le dije a Alex, al ver que se despegaba del muro con intenciones de irse.
-Bueno, mis padres eran acróbatas. Su función era muy importante en el circo, porque, en mi opinión, es la más bella. Los leones, los elefantes, los caballos... todos son entretenidos, pero cuando llegan los acróbatas, la luz baja, y ellos se juegan la vida para crear un escenario increíble que hace que las personas que lo ven alucinen. Es... no sé explicarlo, pero es genial. Me alegro de que mis padres fueran acróbatas.
Observé largamente a Alex. Su cabello rubio pajizo se mostraba rebelde, con mechones para cada lado. Sus ojos verdes, remarcados por largas pestañas, parecían relucir en la oscuridad que reinaba. Era alto, más alto que yo, más alto que Eddie y Damon. Sólo Ben le ganaba en altura, pero es que en Ben es normal que gane a todo el mundo en altura, peso y musculatura.
Se notaba que trabajaba a diario; sus músculos estaban muy desarrollados, demasiado para un chico de quince para dieciséis, como me había dicho que tenía. Se le veía el rostro tostado por el sol, y unas pequeñas arrugas en las comisuras de los labios, que indicaban que solía sonreír mucho.
-Hablas de tus padres en pasado. ¿Ellos han...?
-Sí, murieron muy pronto. Antes de que les conociera, casi. Mi madre murió dos días después del parto, y mi padre, unos meses más tarde. A un loco le dio por dispararle mientras conducía su bicicleta hacia el pueblo... iba a comprarme pañales -bajó la vista.
-Lo siento muchísimo -y más aún lo sentía por decirle las mismas palabras que le habrían dicho todos los demás, pero es que no le conocía de casi nada y no sabía qué más añadir-. Yo... bueno, mis padres me odian y tal, pero no sé qué haría si... no estuvieran.
-Al menos, tengo una gran familia que me mantiene -sonrió Alex, recuperando su mirada segura y alegre-. El circo.
Asentí.
-¿Y tú qué haces? Quiero decir, ¿en qué trabajas allí? -dije, ansiosa por saber más de él y de su extraña vida.
-De todo, pero nunca salgo al escenario, a pesar de que me sé un poco de cada cosa. Normalmente, ayudo a montar las tiendas, doy de comer a los animales, limpio, ayudo con el vestuario a las verdaderas estrellas... y siempre estoy allí, detrás del escenario, vigilando que todo salga como debe. También vendo las entradas.
-Vaya. Estarás muy ocupado... ¿cuánto tiempo llevas aquí, en el pueblo?
-Llegamos anteayer. Bajé a investigar un poco... bueno, no importa -debió de ver en mi mirada los signos de interrogación, porque se rió quedamente y añadió-. Sólo estaba preguntando por allí. Mi madre era de éste pueblo.
-Oh, entiendo -nos quedamos un momento en silencio.
-Oye, tengo que irme. A las doce cierran las puertas del circo, y aún me queda un buen trecho por recorrer...
-Sí, claro. ¿Estás seguro de que no quieres que te acompañe? Me siento culpable por lo que te ha hecho mi amigo y eso... ¿Está muy lejos el campamento?
-Bastante. Es mejor que no vengas, porque luego tendrás que volver sola. Gracias de todas formas... ¡Ah! -se puso a rebuscar en un bolsillo de sus vaqueros, frunciendo el ceño. Sacó un papel alargado y dorado, con unas letras en negro impresas en una cara-. Toma, ésto es para ti. Mañana por la noche hay una función... puedes venir si quieres. No te costará encontrar el circo de día.
Me tendió la entrada. Me mordí el labio, dudosa.
-No sé... ¿cuánto vale? -dije.
Se rió, como si hubiera dicho un chiste.
-Es gratis para ti. Después de todo, me has curado de una muerte segura, ¿verdad? -me sonrojé, consciente de que lo único que había hecho era darle un vaso de agua, y de que él también lo sabía.
-No debería...
-Oh, venga, tómalo y punto -me cogió la mano derecha, puso el papel en mi palma y cerró mis dedos en torno a él-. ¿Vendrás?
-Por supuesto.
Alex me sonrió, musitó un "Bien" y comenzó a caminar hacia el camino que llevaba al monte.
-¡Alex! -se volvió hacia mí-. Si necesitas ayuda para averiguar algo sobre tu madre... estoy disponible, ¿vale?
Asintió enérgicamente y desapareció en la oscuridad. Miré el reloj. Eran las once y diez.
Enfilé hacia casa, pensando en lo especial que sería vivir como Alex. ¡Caramba, y ser hija de unos acróbatas!
Pero pensé en lo desgraciado que sería perder a mis padres tan joven, tan pequeña... y vivir en un lugar donde tus amigos son en realidad compañeros de trabajo.
Tener a tu jefe en casa, siempre.
-Bueno, al menos yo tengo toda la libertad del mundo. Eso es algo que le falta a mucha gente...
domingo, 14 de agosto de 2011
miércoles, 10 de agosto de 2011
Cap. 4: Eddie me ayuda a esconder un chico inconsciente en la cabaña de mi padre
Mis padres tenían un pequeño terreno en las afueras del pueblo, en el que solían plantar lechugas y tomates, incluso a veces calabazas. De pequeña, me dejaban tener una esquinita, en la que plantaba una flor muy extraña: la Rafflesia Patma. Aquella flor era la pasión de mi infancia. Me intrigaba tanto la extrañez insólita de la planta; era una de las más grandes del mundo, olía a muerto (literalmente) y además atraía a musarañas y otros animales del bosque, además de ser extremadamente bella y rara. Mis padres siempre habían odiado aquella obsesión mía, de modo que cuando nació Christian, me quitaron mi pequeño jardincito y vendieron todas las flores por 50 euros (que, por cierto, se quedaron ellos). Obviamente, el jardincito ahora pertenece a Christian, y planta rabanitos en ella todos los años. Cada año, como premio por sus buenas notas, mis padres amplían el jardincito unos centímetros para que Christian pueda plantar una fila más de rabanitos.
Para guardar los trastos del huerto, mi padre había construído una cabaña de madera, y yo convenientemente había conseguido copiar la llave de la cerradura y enterrarla en una cajita bajo el olmo que con tanto esmero regaban mis padres. Aquél era el plan; si alguna vez sospechaban de que yo escondía una llave enterrada en el jardín, jamás mirarían bajo el olmo que todos los días regaban, porque la llave estaría oxidada. Lo que no se les ocurriría sería que yo la guardaba en una cajita impermeable.
Por eso, cuando por fin conseguimos arrastrar a el chico abatido hasta el pequeño terreno de mis padres, sólo tuve que escarbar un poco para desenterrar la cajita y sacar la llave, intacta. Abrí la puerta y una nube de polvo y tierra me cayó encima, provocándome un ataque de tos incontrolable.
-¡Chist! -exclamó Eddie, mirando a su alrededor-. Como alguien nos vea aquí, la bronca será mucho peor.
Conseguí calmar mi tos respirando lentamente, y al final entre Eddie y yo metimos al chico en la cabañita, encendiendo la pequeña linterna de butano que mi padre guardaba en la estantería superior para los campamentos de Christian. Luego, cerramos la puerta.
-¿Qué pasa con Ben y Damon? -me dijo Eddie, mientras yo examinaba la cabeza del chico.
-Damon le habrá llevado a su casa. Probablemente, primero le habrá tirado a la fuente de la plaza Enana -aquella era la plaza que ninguna familia respetable visitaba jamás de los jamases. Era el lugar para los adolescentes transnochadores que se revolcaban por el suelo, borrachos, o se liaban bajo las estrellas.
Eddie asintió en silencio, y se miró el reloj. Yo también vi la hora que era: las nueve y cuarto.
-Ahora necesito que me cuentes con todo detalle la pelea -le ordené a mi amigo, y éste comenzó el relato:
-Bueno, no es muy interesante. Estábamos los tres en el parque, Ben llevaba litros de cerveza y además antes de quedar se había dado un festín de licores... en fin, que antes de que nos diéramos cuenta ya estaba fantaseando con que era una mosca y volaba sobre una piscina de lava verde... Damon y yo intentamos llevarle a su casa, pero él nos dijo que le quedaba algo que hacer, así que salió corriendo y nosotros le perdimos de vista. Un poco después oímos gritos y le vimos a Ben tirando del bolso de una mujer mayor, ella estaba gritando aterrorizada... Antes de que llegáramos, un chico que pasaba por allí (éste) -señaló al chico que yacía a mi lado- intervino y apartó a Ben de la señora, la señora cogió su bolso y salió corriendo... pero Ben estaba muy borracho y se le metió en la cabeza que el chico era una planta carnívora gigante que le quería devorar. El caso es que se liaron a puñetazos, pero el chico se veía que no quería hacerle daño a Ben, era obvio que estaba borrachísimo y tal... así que le mandó a Ben de un empujón hacia atrás y se alejó caminando. Damon y yo estábamos intentando razonar con Ben, pero éste se levantó de golpe y nos apartó (ya sabes lo cabezón que es) y entonces cogió una piedra grandota del suelo y se la tiró al chico a la cabeza. Se desplomó al suelo de inmediato, y entonces fue cuando te llamé.
Le dí la vuelta al chico y vi que sólo tenía una pequeña herida, pero nada roto. Había visto brechas en el cráneo con mucha regularidad; mi madre era enfermera, y cuando era pequeña y me recogía en el colegio, antes de que naciese Christian, me llevaba a el hospital y me tenía largas horas esperando sentada en un sillón, en la sala de esperas. Así es como me acostumbré a reconocer las heridas en dos categorías: graves y simples. La herida de el chico que tenía enfrente era simple, pero se había desmayado porque la piedra le había golpeado el cráneo en la nuca, y todo el mundo sabe que es un punto extremadamente sensible.
-Bueno, él está bien. Enseguida se despertará, trae un vaso de agua -le dije a Eddie, y éste salió de la cabaña y volvió con un vaso de plástico, de los que guardaba mi padre debajo del grifo de detrás de la cabaña.
Posé el vaso cerca de la cabeza del chico, que abrió los ojos de golpe y miro el techo, confundido.
-¿Estás bien? -le susurré, preguntándome cómo reaccionaría. Alguien llamó a la puerta-. Eddie, ve a abrir. Debe de ser Damon.
Así era. Damon entró y cerró la puerta:
-He dejado a Ben en su casa. Sus padres estaban de fiesta, como siempre. Ben... dice que lo siente.
-Ya, seguro. Hasta la gran albóndiga flotante sabe que no ha dicho eso -se rió Eddie, mientras yo ayudaba al misterioso chico a levantarse.
-¿Qué... qué ha pasado? -gruñó él, mirándonos a todos como si fuéramos marcianos.
-Te tiraron una piedra a la cabeza y te desmayaste. Te hemos traído aquí para... atenderte -dijo Damon, con su suave voz tranquilizadora. Desde que lo conocía, siempre había hablado así. Sus palabras tenían el don de conciliar a la gente, y ya me había acostumbrado a que mientras él estuviera cerca, era imposible ponerse nervioso.
-¿Dónde estoy? -el chico recuperaba la lucidez por momentos.
-En una caseta de jardinero, en las afueras. Yo soy Melanie, y éstos son Eddie y Damon. ¿Y tú cómo te llamas?- dije, tratando de que no se asustara.
En cambio, no pareció nada asustado. Me miró a los ojos y dijo, con seguridad:
-Alex.
Y supe que aquellos ojazos verdes iban a poner mi vida patas arriba, y que jamás olvidaría su nombre.
Para guardar los trastos del huerto, mi padre había construído una cabaña de madera, y yo convenientemente había conseguido copiar la llave de la cerradura y enterrarla en una cajita bajo el olmo que con tanto esmero regaban mis padres. Aquél era el plan; si alguna vez sospechaban de que yo escondía una llave enterrada en el jardín, jamás mirarían bajo el olmo que todos los días regaban, porque la llave estaría oxidada. Lo que no se les ocurriría sería que yo la guardaba en una cajita impermeable.
Por eso, cuando por fin conseguimos arrastrar a el chico abatido hasta el pequeño terreno de mis padres, sólo tuve que escarbar un poco para desenterrar la cajita y sacar la llave, intacta. Abrí la puerta y una nube de polvo y tierra me cayó encima, provocándome un ataque de tos incontrolable.
-¡Chist! -exclamó Eddie, mirando a su alrededor-. Como alguien nos vea aquí, la bronca será mucho peor.
Conseguí calmar mi tos respirando lentamente, y al final entre Eddie y yo metimos al chico en la cabañita, encendiendo la pequeña linterna de butano que mi padre guardaba en la estantería superior para los campamentos de Christian. Luego, cerramos la puerta.
-¿Qué pasa con Ben y Damon? -me dijo Eddie, mientras yo examinaba la cabeza del chico.
-Damon le habrá llevado a su casa. Probablemente, primero le habrá tirado a la fuente de la plaza Enana -aquella era la plaza que ninguna familia respetable visitaba jamás de los jamases. Era el lugar para los adolescentes transnochadores que se revolcaban por el suelo, borrachos, o se liaban bajo las estrellas.
Eddie asintió en silencio, y se miró el reloj. Yo también vi la hora que era: las nueve y cuarto.
-Ahora necesito que me cuentes con todo detalle la pelea -le ordené a mi amigo, y éste comenzó el relato:
-Bueno, no es muy interesante. Estábamos los tres en el parque, Ben llevaba litros de cerveza y además antes de quedar se había dado un festín de licores... en fin, que antes de que nos diéramos cuenta ya estaba fantaseando con que era una mosca y volaba sobre una piscina de lava verde... Damon y yo intentamos llevarle a su casa, pero él nos dijo que le quedaba algo que hacer, así que salió corriendo y nosotros le perdimos de vista. Un poco después oímos gritos y le vimos a Ben tirando del bolso de una mujer mayor, ella estaba gritando aterrorizada... Antes de que llegáramos, un chico que pasaba por allí (éste) -señaló al chico que yacía a mi lado- intervino y apartó a Ben de la señora, la señora cogió su bolso y salió corriendo... pero Ben estaba muy borracho y se le metió en la cabeza que el chico era una planta carnívora gigante que le quería devorar. El caso es que se liaron a puñetazos, pero el chico se veía que no quería hacerle daño a Ben, era obvio que estaba borrachísimo y tal... así que le mandó a Ben de un empujón hacia atrás y se alejó caminando. Damon y yo estábamos intentando razonar con Ben, pero éste se levantó de golpe y nos apartó (ya sabes lo cabezón que es) y entonces cogió una piedra grandota del suelo y se la tiró al chico a la cabeza. Se desplomó al suelo de inmediato, y entonces fue cuando te llamé.
Le dí la vuelta al chico y vi que sólo tenía una pequeña herida, pero nada roto. Había visto brechas en el cráneo con mucha regularidad; mi madre era enfermera, y cuando era pequeña y me recogía en el colegio, antes de que naciese Christian, me llevaba a el hospital y me tenía largas horas esperando sentada en un sillón, en la sala de esperas. Así es como me acostumbré a reconocer las heridas en dos categorías: graves y simples. La herida de el chico que tenía enfrente era simple, pero se había desmayado porque la piedra le había golpeado el cráneo en la nuca, y todo el mundo sabe que es un punto extremadamente sensible.
-Bueno, él está bien. Enseguida se despertará, trae un vaso de agua -le dije a Eddie, y éste salió de la cabaña y volvió con un vaso de plástico, de los que guardaba mi padre debajo del grifo de detrás de la cabaña.
Posé el vaso cerca de la cabeza del chico, que abrió los ojos de golpe y miro el techo, confundido.
-¿Estás bien? -le susurré, preguntándome cómo reaccionaría. Alguien llamó a la puerta-. Eddie, ve a abrir. Debe de ser Damon.
Así era. Damon entró y cerró la puerta:
-He dejado a Ben en su casa. Sus padres estaban de fiesta, como siempre. Ben... dice que lo siente.
-Ya, seguro. Hasta la gran albóndiga flotante sabe que no ha dicho eso -se rió Eddie, mientras yo ayudaba al misterioso chico a levantarse.
-¿Qué... qué ha pasado? -gruñó él, mirándonos a todos como si fuéramos marcianos.
-Te tiraron una piedra a la cabeza y te desmayaste. Te hemos traído aquí para... atenderte -dijo Damon, con su suave voz tranquilizadora. Desde que lo conocía, siempre había hablado así. Sus palabras tenían el don de conciliar a la gente, y ya me había acostumbrado a que mientras él estuviera cerca, era imposible ponerse nervioso.
-¿Dónde estoy? -el chico recuperaba la lucidez por momentos.
-En una caseta de jardinero, en las afueras. Yo soy Melanie, y éstos son Eddie y Damon. ¿Y tú cómo te llamas?- dije, tratando de que no se asustara.
En cambio, no pareció nada asustado. Me miró a los ojos y dijo, con seguridad:
-Alex.
Y supe que aquellos ojazos verdes iban a poner mi vida patas arriba, y que jamás olvidaría su nombre.
miércoles, 3 de agosto de 2011
Cap. 3: Pelea en el parque
Mientras subía de nuevo la cuesta hacia la urbanización, noté vibrar mi móvil. Lo saqué del bolsillo y vi que era Eddie.
-¿Eddie? -le dije, poniéndome el móvil en el oído.
-¿Melanie? Tia, nos tienes que ayudar. Estamos metidos en un buen lío... Ben se ha peleado con uno en el parque, y está sangrando mazo, y...
-¿Ben o el otro? -dije, mientras daba media vuelta y cogía el atajo hacia el parque.
-¡Los dos, pero sobre todo el otro! Verás, Ben estaba muy borracho y se nos escapó, y entonces oímos gritos y le vimos robándole el bolso a una señora, entonces el otro intervino y ¡Ben casi le mata! Porque llegamos a tiempo que si no... Ahora Ben está aún más pedo por las ostias, pero está bien. ¡El que me preocupa es el otro!
-Pásame con Damon -le ordené, cuando empecé a vislumbrar el parque entre los edificios de la urbanización.
Se oyeron ruidos mientras Eddie le pasaba el móvil a Damon.
-¿Mel?
-Damon, ¿dónde está la señora? -le dije, preocupada porque llamara a la policía o algo así.
-Se marchó corriendo en cuanto recuperó su bolso. Tranquila, no llamará a la policía.
-¿Cómo lo sabes? Si se enteran de lo de la pelea, además Ben está borracho y nosotros seremos cómplices, y encima hay un herido... -suspiré para calmarme, porque estaba empezando a hiperventilar.
-Tranquilízate, Mel. No es el fin del mundo, y no tienes que venir si no quieres. Ya le dije a Eddie lo que pasaría si te llamaba, pero está tan asustado que te ha llamado igualmente.
-¡Pues menos mal! ¿Crees que preferiría veros mañana en la cárcel?
Damon se rió sosegadamente, y me calmé un poco.
-Vale. Ya estoy entrando. ¿En qué parte del parque estáis?
-Sigue caminando, nos verás.
Colgué. Me guardé el móvil en el bolsillo y agucé la vista para mirar entre los árboles. Estaba anocheciendo, y las sombras se alargaban hasta llenar el espacio, y convertirse solamente en oscuridad.
El anochecer era mi hora favorita del día. Me gustaba sentarme en el alféizar de la ventana de mi habitación, en el segundo piso, y observar ponerse el sol, cómo el mundo se volvía naranja e irreal y todo parecía ser diferente.
A veces, daba miedo encontrarse sola entre tanta incipiente oscuridad anaranjada... ¿Y si los chicos aún estuvieran lejos, y hubiera algún atracador con una navaja dispuesto a rajarme por el móvil y el ovillo de hilo negro? ¿Tan gorda era la crisis?
-¡Eh, Mel! -susurró alguien en mi oído, cogiéndome del hombro y arrastrándome hacia los árboles.
-¡Damon! ¡Me has pegado un susto de muerte! -le grité en voz baja, dándole un puñetado en el brazo. Me puse seria-. Vale, ¿dónde están los demás?
-Aquí mismo -me dijo, señalando un poco hacia la derecha.
Por fin, les vi. Ben se encontraba tirado en el suelo, inconsciente, un poco más alejado de los otros dos; Eddie y el chico que había defendido a la mujer. Eddie estaba sentado al lado del chico, balanceándose inquieto, y el chico yacía en el suelo, con mal aspecto.
-¿Qué puedo hacer por él? -le dije a Damon.
-Necesitamos un sitio al que llevarle hasta que vuelva en sí. No se va a morir, tranquila -dijo, al ver mi expresión asustada-. Pero la cabaña de tu padre es ideal para esconderle, y está cerca de aquí, y...
-Vale -dije, pensando el lío en el que me iba a meter como mis padres se enterasen de lo que estaba a punto de hacer-. Por suerte, siempre guardo una llave de repuesto enterrada en la tierra, debajo del olmo, para ocasiones como ésta.
Así era mi vida; toda llena de secretos y mentiras. La desconfianza y el desprecio de mis padres me había vuelto autosuficiente y bastante traicionera. Siempre tenía acceso a todo, porque me aseguraba de copiar llaves de todo. Por si acaso. La verdad es que no confiaba demasiado en mis padres.
-Hola, Eddie. ¿Me ayudas a llevar a el chico? Damon, por favor, ocúpate de Ben, ¿vale? -dije, tomando las riendas. Era obvio que los chicos no sabían qué hacer.
-¿Eddie? -le dije, poniéndome el móvil en el oído.
-¿Melanie? Tia, nos tienes que ayudar. Estamos metidos en un buen lío... Ben se ha peleado con uno en el parque, y está sangrando mazo, y...
-¿Ben o el otro? -dije, mientras daba media vuelta y cogía el atajo hacia el parque.
-¡Los dos, pero sobre todo el otro! Verás, Ben estaba muy borracho y se nos escapó, y entonces oímos gritos y le vimos robándole el bolso a una señora, entonces el otro intervino y ¡Ben casi le mata! Porque llegamos a tiempo que si no... Ahora Ben está aún más pedo por las ostias, pero está bien. ¡El que me preocupa es el otro!
-Pásame con Damon -le ordené, cuando empecé a vislumbrar el parque entre los edificios de la urbanización.
Se oyeron ruidos mientras Eddie le pasaba el móvil a Damon.
-¿Mel?
-Damon, ¿dónde está la señora? -le dije, preocupada porque llamara a la policía o algo así.
-Se marchó corriendo en cuanto recuperó su bolso. Tranquila, no llamará a la policía.
-¿Cómo lo sabes? Si se enteran de lo de la pelea, además Ben está borracho y nosotros seremos cómplices, y encima hay un herido... -suspiré para calmarme, porque estaba empezando a hiperventilar.
-Tranquilízate, Mel. No es el fin del mundo, y no tienes que venir si no quieres. Ya le dije a Eddie lo que pasaría si te llamaba, pero está tan asustado que te ha llamado igualmente.
-¡Pues menos mal! ¿Crees que preferiría veros mañana en la cárcel?
Damon se rió sosegadamente, y me calmé un poco.
-Vale. Ya estoy entrando. ¿En qué parte del parque estáis?
-Sigue caminando, nos verás.
Colgué. Me guardé el móvil en el bolsillo y agucé la vista para mirar entre los árboles. Estaba anocheciendo, y las sombras se alargaban hasta llenar el espacio, y convertirse solamente en oscuridad.
El anochecer era mi hora favorita del día. Me gustaba sentarme en el alféizar de la ventana de mi habitación, en el segundo piso, y observar ponerse el sol, cómo el mundo se volvía naranja e irreal y todo parecía ser diferente.
A veces, daba miedo encontrarse sola entre tanta incipiente oscuridad anaranjada... ¿Y si los chicos aún estuvieran lejos, y hubiera algún atracador con una navaja dispuesto a rajarme por el móvil y el ovillo de hilo negro? ¿Tan gorda era la crisis?
-¡Eh, Mel! -susurró alguien en mi oído, cogiéndome del hombro y arrastrándome hacia los árboles.
-¡Damon! ¡Me has pegado un susto de muerte! -le grité en voz baja, dándole un puñetado en el brazo. Me puse seria-. Vale, ¿dónde están los demás?
-Aquí mismo -me dijo, señalando un poco hacia la derecha.
Por fin, les vi. Ben se encontraba tirado en el suelo, inconsciente, un poco más alejado de los otros dos; Eddie y el chico que había defendido a la mujer. Eddie estaba sentado al lado del chico, balanceándose inquieto, y el chico yacía en el suelo, con mal aspecto.
-¿Qué puedo hacer por él? -le dije a Damon.
-Necesitamos un sitio al que llevarle hasta que vuelva en sí. No se va a morir, tranquila -dijo, al ver mi expresión asustada-. Pero la cabaña de tu padre es ideal para esconderle, y está cerca de aquí, y...
-Vale -dije, pensando el lío en el que me iba a meter como mis padres se enterasen de lo que estaba a punto de hacer-. Por suerte, siempre guardo una llave de repuesto enterrada en la tierra, debajo del olmo, para ocasiones como ésta.
Así era mi vida; toda llena de secretos y mentiras. La desconfianza y el desprecio de mis padres me había vuelto autosuficiente y bastante traicionera. Siempre tenía acceso a todo, porque me aseguraba de copiar llaves de todo. Por si acaso. La verdad es que no confiaba demasiado en mis padres.
-Hola, Eddie. ¿Me ayudas a llevar a el chico? Damon, por favor, ocúpate de Ben, ¿vale? -dije, tomando las riendas. Era obvio que los chicos no sabían qué hacer.
Cap. 2: Una sorpresa en mi armario
Al abrir mi armario, una enorme bola peluda me saltó a la cara, furiosa, y con un grito retrocedí dos pasos y cerré la puerta del armario de un portazo.
-¡¡Christian!! -exclamé, palpándome las mejillas al notar la sangre en ella-. ¡¡Christian!!
Unos segundos después, entró el verdadero villano de la familia en mi habitación; mi hermano pequeño. El pequeño demonio disfrazado de angelito con gafas y la raya en medio. No sabía cómo, pero desde que nació Christian dejé de importarles a mis padres (literalmente) y se concentraron sólo en Christian. No es que me prestaran mucha atención cuando era la única, pero desde que tuvieron al hijo que siempre quisieron (educado, inteligente, trabajador y normalito), olvidaron que tenían otra hija adolescente.
-¿Qué pasa, Melanie? Estaba haciendo los deberes de matemáticas avanzadas -dijo, en voz muy alta (estaba segura de que lo hacía para que lo oyera mamá).
-¡Tu gato! -exclamé, señalando el armario-. ¡Has encerrado a tu gato en mi armario!
-Tenía que encontrar un lugar donde meterle hasta que encontremos a Beedril. No pienso arriesgarme a que lo cace... -dijo Christian, encogiéndose de hombros y dando media vuelta.
-¡Pero allí dentro está toda mi ropa! Se la cargará... -gruñí, agarrando a mi hermanito por el cuello de la camiseta y arrastrándolo de nuevo dentro de mi habitación-. Mételo en tu armario.
-Mamá dice que prefiere que rompa las prendas que ya están rotas que las mías, que estás cuidadas y planchadas. Además, las mías costaron dinero, porque yo visto cosas que no provienen de un basurero.
Ya veis lo que pensaba mi familia de mí. Que era una miserable gamberra que vestía prendas rotas y encontradas en basureros (lo que yo llamo "tiendas de segunda mano").
Antes de que pudiera idear una respuesta, mi hermano se zafó de mí y salió corriendo para seguir haciendo sus deberes de matemáticas avanzadas. Recordaba cuando yo tenía nueve años, cuando estudiaba lo justo para aprobar (y seguía haciéndolo ahora) y me pasaba el resto del tiempo jugando en el parque con Ben, Eddie y Damon. Sólo pasaba por casa para comer y dormir, y en ocasiones para dejar la mochila después del colegio.
Todo seguía igual cinco años después.
Furiosa, cerré la puerta de mi habitación con llave y abrí con precaución la puerta del armario. Esta vez, Tenorio (aún no había conseguido decidir qué era más horroroso; si el gato en sí o el terrible nombre que le había puesto Christian) salió disparado entre mis pies y se escondió bajo la cama, mientras yo maldecía por lo bajo el día que se escapó Beedril (el hámster de mi hermano), o sea, ayer.
-¿A quién se le ocurre tener un hámster y un gato en la misma habitación? -gruñía, mientras revolvía las pilas de ropa desordenada que había dejado Tenorio en mi armario. Por fin encontré lo que buscaba; mi caja de costura.
Sí, otra rareza en mí; me gustaba confeccionar mi propia ropa. Así, sabía que yo era la única en el mundo que llevaba aquellas prendas. No me gustaba ir por la calle y ver a la gente con las mismas camisetas que yo, o los mismos zapatos. Por eso, siempre que compraba algo en una tienda, lo personalizaba. Aunque la mayoría de mi ropa la había hecho yo misma.
Ahora mismo me encontraba a punto de elaborar unos pantalones cortos a partir de unos pantalones largos hippies que había comprado en la tienda de segunda mano de la señora Garden. El caso era que largos, no me gustaban; demasiado coloridos, con sus cuadrados de líneas rojas y negras sobre la tela blanca original. No es que me importara lo colorido, sino lo colorido con sólo tres colores o cuatro. Eso era aburrido. Si iba a ir de colores, prefería llevarlos todos.
-Así, no me rayo -le expliqué a Tenorio, que me observaba atemorizado. Estaba segura de que le había dado miedo desde que le intenté ahogar en el váter, a los diez años. Ahora, tras haber estado encerrado lo que probablemente había sido un día entero en mi armario, no es que estuviera más unido a mí.
Rebusqué entre mi caja de costura; hilos de todos los colores, apilados sin orden en la parte de abajo. Luego, en la capa de arriba, se encontraban todas las agujas y los alfileres de colores. En un pequeño compartimento, en la parte de abajo de la tapa de la caja, se encontraban mis notas y los patrones de algunas de mis prendas favoritas. Los demás me los bajaba de Internet.
Para mis shorts, iba a necesitar hilo negro. Rebusqué entre la maraña de hilos, pero no encontré el negro.
-¡Oh, no, se me ha acabado! Tendré que bajar al pueblo a buscarlo antes de que cierren -miré el reloj; eran las siete y media. Sabía que la boutique de costura cerraba a las ocho, de modo que empujé al gato de nuevo al armario y salí corriendo de casa, sin olvidarme de las llaves, el móvil y el dinero. Desde que tenía cinco años (que fue cuando nació mi hermano) descubrí que ya no podía confiar en mis padres para que me cuidaran, que había perdido por completo su atención con la llegada de un bebé normalito. De modo que, casi diez años después, ya sabía cuidarme por mí misma perfectamente, y en cualquier momento podría vivir en mi propio piso yo sola. El único impedimento era la ley.
-¡Me voy al pueblo, y volveré tarde! -exclamé a mis inexistentes oyentes mientras cerraba la puerta de mi casa. Corriendo, crucé la calle de la urbanización donde vivíamos, y enfilé hacia abajo por la carretera que conducía al pueblo.
Cap. 1: Introducción
Me llamo Melanie. Tengo catorce años y una vida de lo más rara; pero lo más raro de todo soy yo. Soy anormal. No conecto con la gente normal, no visto como la gente normal ni me comporto como los demás. Además, tengo razones para pensar que mis sentimientos van en una onda distinta de los de la gente normal. Cuando todos ríen, yo lloro, y viceversa. Me gustan las películas de terror antiguas, cosa que todos encuentran gracioso. Mi estilo varía entre el funky, el hip-hop y el emo-gótico. Lo mío es combinar todo en una especie de cóctel mortal y luego vestirlo orgullosamente por la calle, mientras todas las familias respetables me miran con mala cara mientras me paseo con mis tres mejores amigos, Ben, Damon y Eddie. Todos son un año mayores que yo, y son los únicos que me comprenden tal y como soy. Supongo que sólo con ellos puedo ser yo misma, decir lo que me venga en gana y reírme de las cosas de las que no debería reírme.
Mis padres me llaman la futura asesina psicótica; las chicas de mi instituto se contentan con llamarme la "colorines", por mi vestuario colorido y mate a la vez.
Ben y Eddie acostumbran a llamarme la gran albóndiga flotante. No me preguntéis por qué, no tengo ni idea.
En cambio, Damon es mi verdadero mejor amigo, y me llama Mel.
Mis padres me llaman la futura asesina psicótica; las chicas de mi instituto se contentan con llamarme la "colorines", por mi vestuario colorido y mate a la vez.
Ben y Eddie acostumbran a llamarme la gran albóndiga flotante. No me preguntéis por qué, no tengo ni idea.
En cambio, Damon es mi verdadero mejor amigo, y me llama Mel.
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