-¡¡Christian!! -exclamé, palpándome las mejillas al notar la sangre en ella-. ¡¡Christian!!
Unos segundos después, entró el verdadero villano de la familia en mi habitación; mi hermano pequeño. El pequeño demonio disfrazado de angelito con gafas y la raya en medio. No sabía cómo, pero desde que nació Christian dejé de importarles a mis padres (literalmente) y se concentraron sólo en Christian. No es que me prestaran mucha atención cuando era la única, pero desde que tuvieron al hijo que siempre quisieron (educado, inteligente, trabajador y normalito), olvidaron que tenían otra hija adolescente.
-¿Qué pasa, Melanie? Estaba haciendo los deberes de matemáticas avanzadas -dijo, en voz muy alta (estaba segura de que lo hacía para que lo oyera mamá).
-¡Tu gato! -exclamé, señalando el armario-. ¡Has encerrado a tu gato en mi armario!
-Tenía que encontrar un lugar donde meterle hasta que encontremos a Beedril. No pienso arriesgarme a que lo cace... -dijo Christian, encogiéndose de hombros y dando media vuelta.
-¡Pero allí dentro está toda mi ropa! Se la cargará... -gruñí, agarrando a mi hermanito por el cuello de la camiseta y arrastrándolo de nuevo dentro de mi habitación-. Mételo en tu armario.
-Mamá dice que prefiere que rompa las prendas que ya están rotas que las mías, que estás cuidadas y planchadas. Además, las mías costaron dinero, porque yo visto cosas que no provienen de un basurero.
Ya veis lo que pensaba mi familia de mí. Que era una miserable gamberra que vestía prendas rotas y encontradas en basureros (lo que yo llamo "tiendas de segunda mano").
Antes de que pudiera idear una respuesta, mi hermano se zafó de mí y salió corriendo para seguir haciendo sus deberes de matemáticas avanzadas. Recordaba cuando yo tenía nueve años, cuando estudiaba lo justo para aprobar (y seguía haciéndolo ahora) y me pasaba el resto del tiempo jugando en el parque con Ben, Eddie y Damon. Sólo pasaba por casa para comer y dormir, y en ocasiones para dejar la mochila después del colegio.
Todo seguía igual cinco años después.
Furiosa, cerré la puerta de mi habitación con llave y abrí con precaución la puerta del armario. Esta vez, Tenorio (aún no había conseguido decidir qué era más horroroso; si el gato en sí o el terrible nombre que le había puesto Christian) salió disparado entre mis pies y se escondió bajo la cama, mientras yo maldecía por lo bajo el día que se escapó Beedril (el hámster de mi hermano), o sea, ayer.
-¿A quién se le ocurre tener un hámster y un gato en la misma habitación? -gruñía, mientras revolvía las pilas de ropa desordenada que había dejado Tenorio en mi armario. Por fin encontré lo que buscaba; mi caja de costura.
Sí, otra rareza en mí; me gustaba confeccionar mi propia ropa. Así, sabía que yo era la única en el mundo que llevaba aquellas prendas. No me gustaba ir por la calle y ver a la gente con las mismas camisetas que yo, o los mismos zapatos. Por eso, siempre que compraba algo en una tienda, lo personalizaba. Aunque la mayoría de mi ropa la había hecho yo misma.
Ahora mismo me encontraba a punto de elaborar unos pantalones cortos a partir de unos pantalones largos hippies que había comprado en la tienda de segunda mano de la señora Garden. El caso era que largos, no me gustaban; demasiado coloridos, con sus cuadrados de líneas rojas y negras sobre la tela blanca original. No es que me importara lo colorido, sino lo colorido con sólo tres colores o cuatro. Eso era aburrido. Si iba a ir de colores, prefería llevarlos todos.
-Así, no me rayo -le expliqué a Tenorio, que me observaba atemorizado. Estaba segura de que le había dado miedo desde que le intenté ahogar en el váter, a los diez años. Ahora, tras haber estado encerrado lo que probablemente había sido un día entero en mi armario, no es que estuviera más unido a mí.
Rebusqué entre mi caja de costura; hilos de todos los colores, apilados sin orden en la parte de abajo. Luego, en la capa de arriba, se encontraban todas las agujas y los alfileres de colores. En un pequeño compartimento, en la parte de abajo de la tapa de la caja, se encontraban mis notas y los patrones de algunas de mis prendas favoritas. Los demás me los bajaba de Internet.
Para mis shorts, iba a necesitar hilo negro. Rebusqué entre la maraña de hilos, pero no encontré el negro.
-¡Oh, no, se me ha acabado! Tendré que bajar al pueblo a buscarlo antes de que cierren -miré el reloj; eran las siete y media. Sabía que la boutique de costura cerraba a las ocho, de modo que empujé al gato de nuevo al armario y salí corriendo de casa, sin olvidarme de las llaves, el móvil y el dinero. Desde que tenía cinco años (que fue cuando nació mi hermano) descubrí que ya no podía confiar en mis padres para que me cuidaran, que había perdido por completo su atención con la llegada de un bebé normalito. De modo que, casi diez años después, ya sabía cuidarme por mí misma perfectamente, y en cualquier momento podría vivir en mi propio piso yo sola. El único impedimento era la ley.
-¡Me voy al pueblo, y volveré tarde! -exclamé a mis inexistentes oyentes mientras cerraba la puerta de mi casa. Corriendo, crucé la calle de la urbanización donde vivíamos, y enfilé hacia abajo por la carretera que conducía al pueblo.
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