-Gracias por acompañarme hasta aquí, pero a partir de ahora debería seguir solo -me dijo Alex, cuando llegamos al parque donde se enzarzó con Ben en una pelea.
-¿Por qué? -dije-. ¿Dónde vives?
Alex parecía incómodo. Puso los ojos en blanco y se apoyó en el muro del parque, desviando la vista.
-Trabajo en un circo ambulante. Por éso... bueno, vivimos alejados del pueblo porque tenemos animales salvajes y tal. No queremos líos, y los animales tienen que descansar para los espectáculos, así que no podemos acercarnos demasiado al pueblo a riesgo de que el campamento se llene de miradas curiosas.
Le observé, sin dar crédito a mis oídos. ¿Un circo ambulante? ¿Qué clase de chico estaba frente a mí?
-Vaya... no me lo puedo creer.
-Ya. Normalmente la gente no me vuelve a hablar cuando se enteran del lugar donde trabajo y vivo. Bueno -se rió, nervioso-. De hecho llevo en el circo desde que nací.
-¿Por qué no te vuelven a hablar? Me parece algo realmente estúpido. Debe de ser una vida realmente emocionante... Uf, quisiera saberlo todo. Lo que daría por estar en tu lugar, y viajar por todo el mundo ofreciendo espectáculos y rodeada de gente tan rara como yo... -los dos nos reímos, incómodos.
-La vida en un circo es muy intensa. Pero te lo pasas bien... si te llevas bien con el director.
-¿Cómo llegaste al circo? -le dije a Alex, al ver que se despegaba del muro con intenciones de irse.
-Bueno, mis padres eran acróbatas. Su función era muy importante en el circo, porque, en mi opinión, es la más bella. Los leones, los elefantes, los caballos... todos son entretenidos, pero cuando llegan los acróbatas, la luz baja, y ellos se juegan la vida para crear un escenario increíble que hace que las personas que lo ven alucinen. Es... no sé explicarlo, pero es genial. Me alegro de que mis padres fueran acróbatas.
Observé largamente a Alex. Su cabello rubio pajizo se mostraba rebelde, con mechones para cada lado. Sus ojos verdes, remarcados por largas pestañas, parecían relucir en la oscuridad que reinaba. Era alto, más alto que yo, más alto que Eddie y Damon. Sólo Ben le ganaba en altura, pero es que en Ben es normal que gane a todo el mundo en altura, peso y musculatura.
Se notaba que trabajaba a diario; sus músculos estaban muy desarrollados, demasiado para un chico de quince para dieciséis, como me había dicho que tenía. Se le veía el rostro tostado por el sol, y unas pequeñas arrugas en las comisuras de los labios, que indicaban que solía sonreír mucho.
-Hablas de tus padres en pasado. ¿Ellos han...?
-Sí, murieron muy pronto. Antes de que les conociera, casi. Mi madre murió dos días después del parto, y mi padre, unos meses más tarde. A un loco le dio por dispararle mientras conducía su bicicleta hacia el pueblo... iba a comprarme pañales -bajó la vista.
-Lo siento muchísimo -y más aún lo sentía por decirle las mismas palabras que le habrían dicho todos los demás, pero es que no le conocía de casi nada y no sabía qué más añadir-. Yo... bueno, mis padres me odian y tal, pero no sé qué haría si... no estuvieran.
-Al menos, tengo una gran familia que me mantiene -sonrió Alex, recuperando su mirada segura y alegre-. El circo.
Asentí.
-¿Y tú qué haces? Quiero decir, ¿en qué trabajas allí? -dije, ansiosa por saber más de él y de su extraña vida.
-De todo, pero nunca salgo al escenario, a pesar de que me sé un poco de cada cosa. Normalmente, ayudo a montar las tiendas, doy de comer a los animales, limpio, ayudo con el vestuario a las verdaderas estrellas... y siempre estoy allí, detrás del escenario, vigilando que todo salga como debe. También vendo las entradas.
-Vaya. Estarás muy ocupado... ¿cuánto tiempo llevas aquí, en el pueblo?
-Llegamos anteayer. Bajé a investigar un poco... bueno, no importa -debió de ver en mi mirada los signos de interrogación, porque se rió quedamente y añadió-. Sólo estaba preguntando por allí. Mi madre era de éste pueblo.
-Oh, entiendo -nos quedamos un momento en silencio.
-Oye, tengo que irme. A las doce cierran las puertas del circo, y aún me queda un buen trecho por recorrer...
-Sí, claro. ¿Estás seguro de que no quieres que te acompañe? Me siento culpable por lo que te ha hecho mi amigo y eso... ¿Está muy lejos el campamento?
-Bastante. Es mejor que no vengas, porque luego tendrás que volver sola. Gracias de todas formas... ¡Ah! -se puso a rebuscar en un bolsillo de sus vaqueros, frunciendo el ceño. Sacó un papel alargado y dorado, con unas letras en negro impresas en una cara-. Toma, ésto es para ti. Mañana por la noche hay una función... puedes venir si quieres. No te costará encontrar el circo de día.
Me tendió la entrada. Me mordí el labio, dudosa.
-No sé... ¿cuánto vale? -dije.
Se rió, como si hubiera dicho un chiste.
-Es gratis para ti. Después de todo, me has curado de una muerte segura, ¿verdad? -me sonrojé, consciente de que lo único que había hecho era darle un vaso de agua, y de que él también lo sabía.
-No debería...
-Oh, venga, tómalo y punto -me cogió la mano derecha, puso el papel en mi palma y cerró mis dedos en torno a él-. ¿Vendrás?
-Por supuesto.
Alex me sonrió, musitó un "Bien" y comenzó a caminar hacia el camino que llevaba al monte.
-¡Alex! -se volvió hacia mí-. Si necesitas ayuda para averiguar algo sobre tu madre... estoy disponible, ¿vale?
Asintió enérgicamente y desapareció en la oscuridad. Miré el reloj. Eran las once y diez.
Enfilé hacia casa, pensando en lo especial que sería vivir como Alex. ¡Caramba, y ser hija de unos acróbatas!
Pero pensé en lo desgraciado que sería perder a mis padres tan joven, tan pequeña... y vivir en un lugar donde tus amigos son en realidad compañeros de trabajo.
Tener a tu jefe en casa, siempre.
-Bueno, al menos yo tengo toda la libertad del mundo. Eso es algo que le falta a mucha gente...
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