miércoles, 10 de agosto de 2011

Cap. 4: Eddie me ayuda a esconder un chico inconsciente en la cabaña de mi padre

Mis padres tenían un pequeño terreno en las afueras del pueblo, en el que solían plantar lechugas y tomates, incluso a veces calabazas. De pequeña, me dejaban tener una esquinita, en la que plantaba una flor muy extraña: la Rafflesia Patma. Aquella flor era la pasión de mi infancia. Me intrigaba tanto la extrañez insólita de la planta; era una de las más grandes del mundo, olía a muerto (literalmente) y además atraía a musarañas y otros animales del bosque, además de ser extremadamente bella y rara. Mis padres siempre habían odiado aquella obsesión mía, de modo que cuando nació Christian, me quitaron mi pequeño jardincito y vendieron todas las flores por 50 euros (que, por cierto, se quedaron ellos). Obviamente, el jardincito ahora pertenece a Christian, y planta rabanitos en ella todos los años. Cada año, como premio por sus buenas notas, mis padres amplían el jardincito unos centímetros para que Christian pueda plantar una fila más de rabanitos.
Para guardar los trastos del huerto, mi padre había construído una cabaña de madera, y yo convenientemente había conseguido copiar la llave de la cerradura y enterrarla en una cajita bajo el olmo que con tanto esmero regaban mis padres. Aquél era el plan; si alguna vez sospechaban de que yo escondía una llave enterrada en el jardín, jamás mirarían bajo el olmo que todos los días regaban, porque la llave estaría oxidada. Lo que no se les ocurriría sería que yo la guardaba en una cajita impermeable.

Por eso, cuando por fin conseguimos arrastrar a el chico abatido hasta el pequeño terreno de mis padres, sólo tuve que escarbar un poco para desenterrar la cajita y sacar la llave, intacta. Abrí la puerta y una nube de polvo y tierra me cayó encima, provocándome un ataque de tos incontrolable. 
-¡Chist! -exclamó Eddie, mirando a su alrededor-. Como alguien nos vea aquí, la bronca será mucho peor. 
Conseguí calmar mi tos respirando lentamente, y al final entre Eddie y yo metimos al chico en la cabañita, encendiendo la pequeña linterna de butano que mi padre guardaba en la estantería superior para los campamentos de Christian. Luego, cerramos la puerta. 
-¿Qué pasa con Ben y Damon? -me dijo Eddie, mientras yo examinaba la cabeza del chico. 
-Damon le habrá llevado a su casa. Probablemente, primero le habrá tirado a la fuente de la plaza Enana -aquella era la plaza que ninguna familia respetable visitaba jamás de los jamases. Era el lugar para los adolescentes transnochadores que se revolcaban por el suelo, borrachos, o se liaban bajo las estrellas. 
Eddie asintió en silencio, y se miró el reloj. Yo también vi la hora que era: las nueve y cuarto. 
-Ahora necesito que me cuentes con todo detalle la pelea -le ordené a mi amigo, y éste comenzó el relato: 
-Bueno, no es muy interesante. Estábamos los tres en el parque, Ben llevaba litros de cerveza y además antes de quedar se había dado un festín de licores... en fin, que antes de que nos diéramos cuenta ya estaba fantaseando con que era una mosca y volaba sobre una piscina de lava verde... Damon y yo intentamos llevarle a su casa, pero él nos dijo que le quedaba algo que hacer, así que salió corriendo y nosotros le perdimos de vista. Un poco después oímos gritos y le vimos a Ben tirando del bolso de una mujer mayor, ella estaba gritando aterrorizada... Antes de que llegáramos, un chico que pasaba por allí (éste) -señaló al chico que yacía a mi lado- intervino y apartó a Ben de la señora, la señora cogió su bolso y salió corriendo... pero Ben estaba muy borracho y se le metió en la cabeza que el chico era una planta carnívora gigante que le quería devorar. El caso es que se liaron a puñetazos, pero el chico se veía que no quería hacerle daño a Ben, era obvio que estaba borrachísimo y tal... así que le mandó a Ben de un empujón hacia atrás y se alejó caminando. Damon y yo estábamos intentando razonar con Ben, pero éste se levantó de golpe y nos apartó (ya sabes lo cabezón que es) y entonces cogió una piedra grandota del suelo y se la tiró al chico a la cabeza. Se desplomó al suelo de inmediato, y entonces fue cuando te llamé. 
Le dí la vuelta al chico y vi que sólo tenía una pequeña herida, pero nada roto. Había visto brechas en el cráneo con mucha regularidad; mi madre era enfermera, y cuando era pequeña y me recogía en el colegio, antes de que naciese Christian, me llevaba a el hospital y me tenía largas horas esperando sentada en un sillón, en la sala de esperas. Así es como me acostumbré a reconocer las heridas en dos categorías: graves y simples. La herida de el chico que tenía enfrente era simple, pero se había desmayado porque la piedra le había golpeado el cráneo en la nuca, y todo el mundo sabe que es un punto extremadamente sensible. 
-Bueno, él está bien. Enseguida se despertará, trae un vaso de agua -le dije a Eddie, y éste salió de la cabaña y volvió con un vaso de plástico, de los que guardaba mi padre debajo del grifo de detrás de la cabaña. 
Posé el vaso cerca de la cabeza del chico, que abrió los ojos de golpe y miro el techo, confundido. 
-¿Estás bien? -le susurré, preguntándome cómo reaccionaría. Alguien llamó a la puerta-. Eddie, ve a abrir. Debe de ser Damon. 
Así era. Damon entró y cerró la puerta: 
-He dejado a Ben en su casa. Sus padres estaban de fiesta, como siempre. Ben... dice que lo siente. 
-Ya, seguro. Hasta la gran albóndiga flotante sabe que no ha dicho eso -se rió Eddie, mientras yo ayudaba al misterioso chico a levantarse. 
-¿Qué... qué ha pasado? -gruñó él, mirándonos a todos como si fuéramos marcianos. 
-Te tiraron una piedra a la cabeza y te desmayaste. Te hemos traído aquí para... atenderte -dijo Damon, con su suave voz tranquilizadora. Desde que lo conocía, siempre había hablado así. Sus palabras tenían el don de conciliar a la gente, y ya me había acostumbrado a que mientras él estuviera cerca, era imposible ponerse nervioso. 
-¿Dónde estoy? -el chico recuperaba la lucidez por momentos. 
-En una caseta de jardinero, en las afueras. Yo soy Melanie, y éstos son Eddie y Damon. ¿Y tú cómo te llamas?- dije, tratando de que no se asustara. 
En cambio, no pareció nada asustado. Me miró a los ojos y dijo, con seguridad: 
-Alex. 
Y supe que aquellos ojazos verdes iban a poner mi vida patas arriba, y que jamás olvidaría su nombre. 

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